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Tiberio Graziani: Mediterráneo y Asia Central: Las bisagras de Eurasia

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PI29/04/11 La transición desde el sistema unipolar al multipolar es causa de tensiones en dos áreas particulares de la masa eurasiática: el Mediterráneo y Asia Central. El proceso de consolidación del policentrismo parece estar sufriendo un “impasse” determinado por la conducta “regionalista” adoptada por las potencias eurasiáticas. La localización de un único inmenso espacio mediterráneo-centroasiático como bisagra funcional de la masa euroafroasiática, aportaría elementos operativos para la integración eurasiática.

Eurasia

En el proceso de transición existente entre la época unipolar y el nuevo sistema policéntrico, se observa que las tensiones geopolíticas se descargan principalmente sobre las áreas de fuerte valor estratégico. Entre éstas descuellan la cuenca del Mediterráneo y la de Asia Central, verdaderas bisagras de la articulación euroafroasiática, las cuales han adquirido, desde el primero de marzo de 2003, un particular interés en el ámbito del análisis geopolítico referente a las relaciones con los EE.UU., las mayores naciones eurasiáticas y los países del Norte de África. Ese día, como se puede recordar, el parlamento de Turquía, es decir, el parlamento de la nación-puente por excelencia entre las repúblicas centroasiáticas y el Mediterráneo, decidió negar el apoyo solicitado por los EE.UU. para la guerra a Irak (1). Este acontecimiento no constituyó sólo un elemento de negociación entre Washington y Ankara, como podía parecer en un primer momento. Para Turquía fue una cuestión central, a causa de dos elementos contrastantes: la fidelidad turca hacia el aliado norteamericano y la preocupación de Ankara por las consecuencias que la hipotética creación de un Kurdistán, en el ámbito del entonces probable proyecto de tripartición de Irak, habría tenido en la no resuelta “cuestión kurda”. Por eso, aquella negativa a apoyar a EE. UU. marcó el inicio de una inversión de la tendencia de la vieja política exterior turca (2).


Desde ese momento, en un continuo crescendo hasta nuestros días, Turquía, sobre todo mediante la aproximación hacia Rusia (facilitada por la escasa propensión de la Unión Europea a incluir a Ankara en su propio ámbito) y su nueva política de buena vecindad, ha intentado desmarcarse de la tutela estadounidense. De esa forma, hizo, de hecho, escasamente confiable una pieza fundamental para la penetración norteamericana en la masa eurasiática. Además de los obstáculos representados por Irán y Siria, los estrategas de Washington y del Pentágono, actualmente también tienen que tomar en consideración a la nueva y poco maleable Turquía.

El cambio de conducta de parte de Turquía ha ocurrido en el contexto de la más general y compleja transformación del escenario eurasiático, en donde cabe señalar la reafirmación de elementos caracterizadores como Rusia en una escala continental y global, el potente auge de China y de India en el ámbito geoeconómico y financiero y, en lo que se refiere a la potencia estadounidense, su consunción militar en Afganistán y en Irak.

Lo que, si se toma en cuenta la caída del muro de Berlín y el colapso soviético, parecería manifestarse como el imparable avance de la “Nación indispensable” hacia el centro de la masa continental eurasiática, siguiendo las siguientes dos predeterminadas directrices de marcha:


- La primera, procedente de Europa continental, tiene como propósito la absorción europea, a golpe de “revoluciones coloradas”, de la esfera de influencia del ex “vecino exterior” soviético (Rusia). Es la esfera rápidamente rebautizada “La Nueva Europa”, según la definición de Rumsfeld, y estratégicamente destinada, con el tiempo, a “presionar” a Rusia en su propio límite.

- La otra está constituida por el largo camino que, desde el Mediterráneo, se prolonga hacia las nuevas repúblicas centroasiáticas. Su propósito es el de cortar en dos la masa euroafroasiática y crear un vulnus geopolítico permanente en el seno de Eurasia, el cual se detuvo en el lapso de pocos años en la ciénaga afgana.
Han sido un fracaso los últimos intentos de revoluciones coloradas y agitaciones teledirigidas desde Washington en el Cáucaso y en las Repúblicas centroasiáticas, respectivamente. La causa del fracaso ha sido la firmeza de Moscú y de la conjunción política eurasiática de China y Rusia, puesta en acto, entre otras cosas, a través de la organización de la Conferencia de Shangai (OCS), la Comunidad económica eurasiática y la consolidación de relaciones de amistad y cooperación militar. Los EE.UU., a fines de la primera década del nuevo siglo, han tenido que reformular las propias estrategias eurasiáticas.

La praxis hegemónica atlántica


La adopción del paradigma geopolítico que es propia del sistema occidental bajo el mando norteamericano, articulado en la dicotomía Estados Unidos versus Eurasia y en el concepto de “peligro estratégico”(3), induce a los analistas que lo practican a privilegiar los aspectos críticos de las varias áreas que son objeto de los intereses atlánticos. Tales aspectos comúnmente se constituyen por tensiones endógenas debidas particularmente a problemáticas interétnicas, desequilibrios sociales, falta de homogeneidad religiosa y cultural (4), y roces geopolíticos. Las soluciones elaboradas comprenden un abanico de intervenciones que van desde el papel de los EE.UU. y de sus aliados en la “reconstrucción” de los “estados fracasados” (Failed States), hasta la intervención militar directa. Ésta última se justifica, según la coyuntura, como una respuesta necesaria para la defensa de los intereses norteamericanos y del así llamado orden internacional. En el caso específico de los estados o gobiernos que Occidente ha evaluado, previa y significativamente, como “canallas”, de acuerdo con las reglas del soft power, la intervención militar directa se justifica como un remedio extremo para la defensa de las poblaciones y la salvaguardia de los derechos humanos (5).


La visión geopolítica norteamericana es típicamente la de una potencia que interpreta las relaciones con las otras naciones o entidades geopolíticas, a partir de su propia condición de “isla” (6). Por ello, los EE.UU. consideran a la cuenca mediterránea y el área centroasiática como dos zonas caracterizadas por una marcada inestabilidad. Las dos áreas formarían parte del ámbito de los llamados arcos de inestabilidad, así definidos por Zbigniew Brzezinski. El arco de inestabilidad o de crisis constituye, como ya se sabe, una evolución y una ampliación del concepto geoestratégico del rimland (margen marítimo y costero) modelado por Nicholas J. Spykman (7). El control del rimland habría permitido, en el contexto del sistema bipolar, el control de la masa eurasiática y, por consiguiente, la contención de su nación más grande, la Unión Soviética, beneficiando únicamente a la “isla norteamericana”.


En el nuevo contexto unipolar, la geopolítica norteamericana ha definido como Gran Medio Oriente a la extensa y ancha faja que desde Marruecos llega hasta Asia Central. Una extensión que, según Washington, había que “pacificar”, puesto que constituía un amplio arco de crisis debido a la conflictividad generada por la falta de homogeneidad más arriba descripta. Este planteamiento, impulsado por los estudios de Samuel Huntington y por los análisis de Zigbniew Brzezinski, explica con creces la praxis seguida por los EE.UU. con el propósito de abrir una brecha en la masa continental eurasiática y, desde allí, presionar el espacio ruso para asumir la hegemonía mundial.

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Sin embargo, algunos factores “imprevistos” (como la “reactivación” de Rusia, la política eurasiática seguida por Putin en Asia Central, los nuevos acuerdos entre Moscú y Pequín, además del auge de la nueva Turquía) han influido en la redefinición del área como un Nuevo Medio Oriente. Si se suman a estos factores las relativas y contemporáneas “emancipaciones” de algunos países de Suramérica, se tendrá completado el escenario multipolar o policéntrico.


Esta evolución, emblemáticamente, se dio a conocer en forma oficial durante el curso de la guerra israelí-libanesa del 2006. En aquella oportunidad, la entonces secretaria de Estado, Condoleeza Rice, afirmó:

“No veo ningún interés de parte de la diplomacia en querer regresar a la situación anterior entre Israel y Líbano. Pienso que sería un error. Lo que aquí vemos, en un cierto sentido, es el inicio, son los dolores de un nuevo Medio Oriente. Y cualquier cosa que nosotros hagamos, tenemos que estar seguros de que confluya hacia el nuevo Medio Oriente para no regresar al viejo”(8).


La nueva definición era, como es obvio, programática. De hecho, apuntaba hacia la reafirmación de la alianza estratégica con Tel Aviv, y a la destrucción o debilitamiento del área cercana y medio oriental, en el marco de lo que algunos días después de la declaración de Condorleeza Rice, el primer ministro israelí, Olmert, precisó ser el “New Order” en Medio Oriente.


Igualmente programático era el sintagma “Balcanes eurasiáticos”, acuñado por Brzezinski con relación al área centroasiática, útil a la formulación de una praxis geoestratégica que, a través de la desestabilización de Asia Central aprovechando las tensiones endógenas, tenía (y tiene) el objetivo de dificultar el potencial enlace geopolítico entre China y Rusia.
Desde 2006 hasta la operación “Odyssey Dawn” contra Libia (2011), los EE.UU., a pesar de la retórica inaugurada en 2009 por el nuevo inquilino de la Casa Blanca, han seguido una estrategia que apunta hacia la militarización de toda la franja de Gaza, desde el Mediterráneo hasta Asia Central. En particular, los EE.UU. plantearon, en 2008, el dispositivo militar para África, el Africom, actualmente (marzo 2011) usado en la “crisis” de Libia. Su propósito directo es asegurar la presencia norteamericana en África, facilitando su intervención inmediata en dicho continente, pero también tiene como objetivo el “nuevo” Medio Oriente y Asia Central. En síntesis, la estrategia norteamericana consiste en la militarización de la franja mediterránea-centroasiática.

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Las principales metas son:

a) La creación de una cuña entre Europa meridional y África septentrional;

b) Asegurarle a Washington el control militar de África septentrional y del Cercano Oriente (utilizando para ello también la base de Camp Bondsteel, existente en Kosovo y Metohija), con particular atención al área constituida por Turquía, Siria e Irán;

c) “Cortar” en dos la masa eurasiática;

d) Ampliar el así llamado arco de crisis en Asia Central.


En el ámbito del primer y del segundo objetivo, el interés de Washington se ha dirigido principalmente hacia Italia y Turquía. Los dos países mediterráneos, por motivos diversos, en los últimos años han tejido relaciones internacionales que, en perspectiva, ya que las relaciones con Moscú se mantienen estables, podían (y pueden) ofrecer útiles estímulos para una potencial estratega exitosa turco-italiana, más lejos de la esfera de influencia norteamericana. El intento objetivo de Roma y Ankara en querer aumentar los propios niveles de libertad en el campo de batalla internacional, choca, no sólo con los intereses generales de carácter geopolítico de Washington y Londres, sino también con aquéllos de tipo más “provinciano” de la Union méditerranéenne que propugna Sarkozy.

La multipolaridad entre una perspectiva regionalista y una eurasiática


La praxis ejercida por el sistema occidental guiado por los EEUU., ya descrito anteriormente, de ampliar la crisis en Eurasia y en el Mediterráneo, es un intento de impedir la estabilización de esa región, y lograr el mantenimiento de la propia hegemonía mediante la militarización de las relaciones internacionales. Para ello, Norteamérica trata de implicar a actores locales, además de apuntar a otros futuros y probables blancos (Irán, Siria, Turquía) útiles para el arraigo norteamericano en Eurasia. Ello plantea algunas reflexiones respecto del estado de salud de los EE.UU. y de la estructuración del sistema multipolar.


A través de un análisis menos superficial, la agresión perpetrada por los EE.UU, el Reino Unido y Francia contra Libia, no constituye un simple caso esporádico. Por lo contrario, es un síntoma de la dificultad en que se encuentra Washington para obrar de forma diplomática y con sentido de responsabilidad, que es lo esperable en un actor global. Esto evidencia el carácter de rapacidad, característico de las potencias en declinación. El politólogo y economista estadounidense David P. Calleo, crítico de la “locura unipolar” y analista del declinar de los EE.UU, observaba en el lejano 1987 que
“… las potencias en vías de declinación, en lugar de regularse y adaptarse, buscan afianzar su propio tambaleante predominio transformándolo en hegemonía rapaz” (10).
Luca Lauriola, en su libro Jaque mate a América y a Israel. Fin del último Imperio (11), afirma, con razón, que las potencias eurasiáticas, Rusia, China e India, se relacionan con la potencia que se halla del otro lado del Atlántico, a esta altura “extraviada y enloquecida”, de una manera que no pueda suscitar reacciones que podrían dar origen a catástrofes planetarias.


Sin embargo, por lo que concierne a la estructuración del sistema multipolar, vale la pena reconocer que este último avanza lentamente, no siempre por causa de las recientes acciones norteamericanas en África Septentrional. Más parece influir en ello la actitud “regionalista” asumida por los actores eurasiáticos (Turquía, Rusia y China), quienes consideran el Mediterráneo y Asia Central sólo en función de sus propios intereses nacionales. Esas tres naciones no logran apreciar el significado geoestratégico que estas áreas ejercen en el más amplio escenario conflictivo: entre intereses geopolíticos extra-continentales (estadounidenses) y eurasiáticos. El redescubrimiento de un único gran espacio mediterráneo-centroasiático, y la correcta percepción del papel de “bisagra” que éste asume en la articulación euroafroasiática, aportaría elementos útiles para superar el impasse “regionalista” que sufre el proceso de transición unipolar-multipolar.

Notas:
(1) Elena Mazzeo, “La Turchia tra Europa e Asia”, Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, a. VIII, n.1 2011.

(2) Turquía adhiere al Pacto Otan el 18 de febrero de 1952.

(3) “Geopolíticamente, Norteamérica representa una isla a lo largo del inmenso continente eurasiático. El predominio de parte de una sola potencia en una de las dos principales esferas de Eurasia –constituye una buena definición del peligro estratégico para los Estados Unidos, una guerra fría o menos. Ese peligro debería ser impedido, aún cuando esa potencia no mostrara intenciones agresivas, ya que, si éstas se tuviesen que manifestar acto seguido, Norteamérica se hallaría con una capacidad de resistencia eficaz muy disminuida y una creciente incapacidad de condicionar los acontecimientos”.
Henry Kissinger, L’arte della diplomazia, Sperling & Kupfer Editori, Milano 2006, pp.634–635.
«Eurasia is the world’s axial supercontinent. A power that dominated Eurasia would exercise decisive influence over two of the world’s three most economically productive regions, Western Europe and East Asia. A glance at the map also suggests that a country dominant in Eurasia would almost automatically control the Middle East and Africa. With Eurasia now serving as the decisive geopolitical chessboard, it no longer suffices to fashion one policy for Europe and another for Asia. What happens with the distribution of power on the Eurasian landmass will be of decisive importance to America’s global primacy and historical legacy.» Zbigniew Brzezinski, “A Geostrategy for Eurasia,” Foreign Affairs, 76:5, September/October 1997.

(4) Enrico Galoppini, Islamofobia, Edizioni all’insegna del Veltro, Parma 2008.

(5) Jean Bricmont, Impérialisme humanitaire. Droits de l’homme, droit d’ingérence, droit du plus fort?, Éditions Aden, Bruxelles 2005; Danilo Zolo, Chi dice umanità. Guerra, diritto e ordine globale, Einaudi, Torino 2000; Danilo Zolo, Terrorismo umanitario. Dalla guerra del Golfo alla strage di Gaza, Diabasis, Reggio Emilia 2009.

(6) «Un típico descriptor geopolítico es la visión de los EE.UU. como una “isla” geopolíticamente no muy diversa de Inglaterra y Japón. Tal definición exalta su tradición marítima comercial y las intervenciones militares de allende el mar y, como es obvio, la seguridad basada en la distancia y en el aislamiento.» Phil Kelly, “Geopolitica degli Stati Uniti d’America”, Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, a. VII, n.3 2010.

(7) Nicholas Spykman, America’s Strategy in World Politics: The United States and the Balance of Power, Harcourt Brace, New York 1942.

(8) «But I have no interest in diplomacy for the sake of returning Lebanon and Israel to the status quo ante. I think it would be a mistake. What we’re seeing here, in a sense, is the growing — the birth pangs of a new Middle East and whatever we do we have to be certain that we’re pushing forward to the new Middle East not going back to the old one», Special Briefing on Travel to the Middle East and Europe, US, Department of State, 21 luglio 2006.

(9) Tiberio Graziani, “U.S. strategy in Eurasia and drug production in Afghanistan”, Mosca , 9-10 giugno 2010 (http://www.eurasia-rivista.org/4670/u-s-strategy-in-eurasia-and-drug-production-in-afghanistan )

(10) David P. Calleo, Beyond American Hegemony: The future of the Western Alliance, New York 1987, p. 142.

(11) Luca Lauriola, Scacco matto all’America e a Israele. Fine dell’ultimo Impero, Palomar, Bari 2007.



Fuente: elespejodelaargentina.com


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