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La última Ley del apartheid de Israel

PI24/03/11 Quienes hemos sido compañeros veteranos en la lucha por la paz y la justicia en Palestina nos hemos sentido muy a menudo frustrados por la incapacidad de impulsar el apoyo suficiente en las instituciones políticas y en los medios de comunicación de Occidente contra la brutal ocupación de Cisjordania y la estrangulación de Gaza.

Creíamos que la clara evidencia de la opresión y de las muy visibles políticas criminales que estallaron desde 1967 debería haber provocado al menos una reacción internacional similar a la que ahora se ha puesto en marcha contra Libia, y más aún.

Pero todos conocemos las razones por las que eso no ocurrió ni ocurrirá. Y sin embargo, puede que hayamos pasado por alto una razón particular, de hecho una maniobra exitosa del campo de la paz israelí que parece haber abortado el embrión de cualquier esfuerzo de este tipo. Los sionistas liberales creen firmemente en la existencia de dos entidades separadas, una en Israel y otra al otro lado de la Línea verde de 1967, que tienen muy poco en común. La aceptación de esta línea como una cruda realidad es la principal justificación de Occidente para la inacción contra Israel (también apoyada por algunos de los mejores amigos de Palestina y, por supuesto, por la Autoridad Palestina). La línea no es sólo una frontera política sino, sobre todo, una frontera moral. Todo lo que está sucediendo en el mundo ocupado es diametralmente opuesto a la vida democrática de Israel y, por lo tanto, el argumento es que si se trata a Israel como Estado paria, se perjudicará a “la parte buena”, el Estado previo a 1967. Esta es también la base para el apoyo sostenido a la solución de dos Estados que basa la paz en la capacidad moral de Israel para reinventarse a sí mismo en las fronteras anteriores a 1967.

Espero que esta distinción desaparezca al menos del vocabulario y del diccionario del movimiento occidental de solidaridad con Palestina (donde todavía se puede escuchar lealtad al campo de la paz israelí, a la Autoridad Palestina y al señor invisible de la realpolitik). Que esta distinción es falsa se ha demostrado una vez más esta semana (el 20 de marzo de 2011) al aprobarse otra ley del apartheid en Israel. Esta nueva ley permite a los asentamientos judíos construidos en tierras del Estado del interior de Israel que no admitan a ciudadanos palestinos de Israel como residentes, y legaliza el deseo de estos nuevos colonos de no vender tierras a los ciudadanos palestinos del interior del Estado. Es una de las muchas leyes aprobadas recientemente (la Ley de juramento de lealtad, que convierte a los palestinos de Israel en ciudadanos de segunda clase por ley, y otra que no les permite vivir con sus cónyuges palestinos de los territorios ocupados, son dos de las más famosas leyes del apartheid aprobadas recientemente). La nueva ley, como las anteriores, institucionaliza el Estado del Apartheid de Israel o, para abreviar, ASOI, [Apartheid State of Israel, en inglés].

ASOI es en la actualidad uno de los peores regímenes de apartheid del mundo. Controla casi toda Palestina (aparte de Gaza, que ha encarcelado herméticamente desde 2005). Tiene, en términos absolutos, el mayor número de presos políticos (los informes indican que China tiene menos de mil, Irán unos escasos miles); Israel tiene cerca de 10 mil. Tiene mayor número de leyes y regulaciones de apartheid que cualquier otro país del mundo y, aparte de los regímenes árabes que ahora están colapsando y de Estados parias como Miramar y Corea del Norte, tiene la mayor imposición de leyes y reglamentos de emergencia mediante las que se roba a los ciudadanos la mayoría de derechos humanos y civiles básicos. Su política contra la discriminada población nativa, que en la actualidad representa casi la mitad de la población de ASOI, incluye atrocidades tales como restringir a la gente el uso de las fuentes de agua, el cultivo de sus campos, la construcción de más casas, el llegar al trabajo, las escuelas o universidades y las prohibiciones de conmemorar su historia, en particular, al-Nakba de 1948.

ASOI está protegido por filósofos de la izquierda en su mayoría judíos, aunque no solo, en Estados Unidos y Occidente, así como de los nuevos miembros de la Unión Europea, cuyo deplorable historial durante el holocausto puede explicar su apoyo incondicional a ASOI. Cuenta con el apoyo incondicional de muchas comunidades judías del mundo, de los cristianos sionistas y de las corporaciones que se benefician de la tendencia de la élite militar de ASOI a utilizar armas letales a voluntad así como del progresista sistema estatal bancario y de su alta tecnología del conocimiento.

ASOI podría convertirse en la República Libre de Israel y Palestina (FRISP, en sus siglas en inglés) o cualquier otro nombre similar, donde la gente disfrutara de los mismos derechos por los que ahora lucha todo el mundo árabe y que Occidente dice difundir y proteger en todas partes. Si ASOI no se convierte en FRISP, cualquier acción como la adoptada ahora por Occidente en Libia se considerará con razón sospechosa, cínica y deshonesta.

La unión ha perdido atractivo porque Saddam Hussein la utilizó mal en 1991. Pero ahora es el momento de revivirla. Es hora de darse cuenta de que no habrá un nuevo Oriente Próximo —de hecho, no habrá paz en el mundo— si ASOI sigue gozando de inmunidad y no se le pone freno, se le para y —es de esperar que un día— se remplaza por una FRISP democrática.

Ilan Pappe es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Estudios Internacionales en la Universidad de Exeter en Reino Unido, director del Centro Europeo de la Universidad de Estudios Palestinos, co-director del Centro Exeter de Estudios Etno-Políticos y activista político.

Fuente: Counterpunch.org / Rebelión.org



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