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Iraq: invasión basada en una mentira

PI04/03/11 El entonces secretario de Estado norteamericano Collin Powell no dudó ni siquiera un instante al presentar las pruebas que Estados Unidos poseía sobre "las armas de destrucción masiva" que producía el gobierno de Irak.

Los papeles y gráficos que mostraba uno de los hombres fuertes del gabinete del ex presidente George W. Bush tenían el sello neoconservador: justificar rumores y aplicar la fuerza del complejo militar-industrial sin concesiones.

Lo que vino después, potenciado por el anuncio de la Casa Blanca en 2001 de la cruzada planetaria para cazar terroristas, es conocido: miles de civiles muertos, la división del país, la rapiña por el petróleo, el cumplimiento de dejar sin “enemigos” cercanos a Israel y cientos de soldados norteamericanos que volvieron a Norteamérica en féretros.

Para ese entonces, Estados Unidos junto a países de Europa, principalmente la Gran Bretaña gobernada por Tony Blair, armaron una telaraña de versiones, documentos y propaganda informativa que tuvo como fin la invasión a territorio iraquí en 2003.
Un escenario mediático similar al que en estos días atraviesa el conflicto interno en Libia, donde Washington impulsa de forma abierta una intervención militar en el norte de África.

Si bien la situación libia es cruzada por un fuerte enfrentamiento armado entre los seguidores de Muamar Al Gaddafi y sus opositores (entre los que se encuentran algunos militares de alto rango, tropas y un fuerte armamento), la presión de Estados Unidos y Gran Bretaña sobre ingresar a Libia no se corresponde con las postura frente a las crisis de otros países de la región.

Aunque en Egipto, Yemén, Túnez y Bahrein las represión policial dejó centenares de muertos, la Casa Blanca negoció “transiciones pacíficas” o simplemente ignoró los hechos.

El mecanismo en Libia es semejante al utilizado en Irak: bombardeo mediático donde la confusión en la principal información y aislamiento de un gobierno que en los últimos tiempos mantuvo buenas relaciones políticas y económicas con Occidente.

Aunque no tuvo el apoyo del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Casa Blanca invadió el territorio iraquí con promesas de una libertad que en la actualidad están muy lejos de alcanzarse.

Las revelaciones realizadas en 2010 con la publicación de los documentos secretos filtrados por Wikileaks sobre el sistemático plan de torturas aplicado por los soldados extranjeros a los iraquíes, habían quedado opacadas mucho tiempo antes, cuando la propia Casa Blanca reconoció en 2003 que todas las pruebas contra Irak eran falsas.

Luego de esta confesión se sucedieron muchas otras, como en 2007 la del ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, que aseguró que el verdadero motivo para invadir Irak era controlar las reservas de petroleo y evitar que potencias emergentes negocien con Bagdad.
En 2010, el propio hombre fuerte del Pentágono, Robert Gates, afirmó que el problema de la guerra en Irak “es que la premisa que justificaba ir a la guerra resultó no ser válida”.

Pero Estados Unidos ya había conseguido el objetivo principal de golpear mortalmente a Irak, tanto dividiendo a la sociedad, como controlando su producción petrolera y alejando de Israel a un gobierno que criticaba las políticas de Tel Aviv.

Borrado de la faz de la tierra Sadam Hussein, ahorcado como en tiempos de la confederación segregacionista estadounidense, los soldados extranjeros siguen en tierras iraquíes y el actual gobierno no da motivos concretos de una salida de la nación norteamericana.

Como tampoco da señales de que en algún momento pronuncie, al menos, una crítica seria a Bush, Powell, Dick Cheney, Condolezza Rice o Donald Rumsfeld, los ideólogo de la invasión a Irak que, por lo visto, dejaron bien marcadas sus improntas neoconservadoras en la Casa Blanca.

Fuente: AVN


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