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Medio Oriente, más allá de la Plaza Tahrir

PI17/02/11 En su "live feed" del 28 de enero, el "Guardian" de Londres publicaba la siguiente declaración de Tony Blair: "El problema más peligroso en el Medio Oriente… es una élite con una actitud mental abierta, pero sin contacto con la opinión popular, y una opinión popular que a menudo -debido a que no se le ha otorgado expresión popular en su política- termina abrazando abiertamente la idea equivocada y cerrada."

"TRANSICIÓN ORDENADA" Y DEMOCRACIA. El laborista Blair puso así en blanco sobre negro los temores que presiden la obsesión, tan pertinaz en todos los discursos de los líderes de Occidente, con una "transición ordenada" en Egipto.

Blair se expresaba de esa manera el 28 de enero, cuando los comandos civiles del mubarakismo habían salido a aplastar el movimiento que, disperso por todo Egipto, se había concentrado en la céntrica plaza cairota de la Liberación. Ese despliegue de brutalidad lumpenizada y de policías políticos en ropas de civil era el verdadero rostro de la "actitud mental abierta" de las "élites".

Pero Blair temía mucho más la "opinión popular" del "pobre" pueblo egipcio, que, no había tenido oportunidad de expresarse jamás y por lo tanto carecía de noción de lo que representaba una "democracia". Que el régimen de las "élites de actitud mental abierta", tan a su gusto, fuera el motivo principal de esa falta de práctica ni se le pasaba por la cabeza.

Es, en el fondo, un modo almibarado de plantear la vieja dicotomía entre "civilización" y "barbarie" que tanto horror sembró, por larguísimas décadas, entre los argentinos.

LOS "PELIGROS" DE UNA DEMOCRACIA REAL EN EGIPTO. Blair se cree un "demócrata"… y lo es, en su propio país. Es un hombre tan democrático que está dispuesto a garantizarle los correspondientes derechos al más beodo de los borrachos de Liverpool, al más sangriento asesino serial de Edimburgo o al más canallesco estafador financiero de Lombard Street.

Y hace bien, porque es un demócrata inglés en Inglaterra.

Pero no es tan "demócrata egipcio" en Egipto, donde no sin lógica sigue siendo un "demócrata… inglés".

Es que al reclamar una "democracia" al estilo occidental en su propio país, los manifestantes de la plaza Tahrir, lo sepan o no, están pidiendo algo muy distinto -y quizás hasta opuesto- a lo que los líderes de Occidente tan bien expresados por Blair suponen que es la "democracia".

"Ingenuamente" quizás, o víctimas quizás de su "infantilismo", entienden que a ellos se aplica tanto como a cualquier otro la definición ya clásica de "democracia": la que diera Abraham Lincoln cuando la definió como el "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo".

La Plaza Tahrir y las ciudades egipcias rindieron centenares de mártires y miles de heridos a la consecución de este sencillo programa, con un aditamento natural: un gobierno "del pueblo egipcio, por el pueblo egipcio y para el pueblo egipcio". Con derecho, incluso, a tener la "idea equivocada y cerrada" que tanto desagrada a Blair. Derecho que excluye, por lo tanto, la posibilidad de que las élites de "actitud mental abierta" impongan dictatorialmente sus opiniones. Al fin de cuentas, menos que eso no es democracia.

LA "IDEA EQUIVOCADA Y CERRADA". Pero en un país como Egipto, este programa es potencialmente revolucionario en sí mismo. Y lo es hasta extremos que recién ahora, con la ida de Mubarak y el acceso de las FFAA egipcias a un régimen transicional, pueden encontrar vías de desarrollo y concreción.

¿Cuál es la "idea equivocada y cerrada" que deplora Blair? Tiene tres patas: el repudio al neoliberalismo, el endurecimiento ante el Estado de Israel, y la solidaridad egipcia con el mundo árabe y en especial con su fragmento más abofeteado, los palestinos.

Si, como es probable, la recién ganada democracia egipcia llevara al gobierno de ese país una mayoría parlamentaria que coincidiera en el repudio a la política seguida por el país en estos tres asuntos desde el fallecimiento de Gamal Abdel Nasser, la democracia para los egipcios sería leída de inmediato (y a su modo, con razón) como dictadura por quienes se han beneficiado con esa política.

MÁS ALLÁ DE LA PLAZA TAHRIR. El movimiento de la plaza Tahrir, entonces, tiene un "más allá" tendido en el tiempo y otro tendido en el espacio.

En el tiempo, el "más allá" arraiga en la ola de luchas populares contra el régimen mubarakista y la miseria inmunda en que ha sometido a la masa del pueblo egipcio, que perdió incluso la soberanía alimentaria en aras de la "libertad de mercado".

Y se extiende hacia la presión que ejercerán las masas sobre un gobierno cuya probable composición parlamentaria, al menos en un primer momento y según los escasos datos con que contamos al escribir estas líneas, sería de alrededor de 20% (no más) de Hermanos Musulmanes (que a su vez contienen diversas tendencias), 15% de comunistas y verdes, 15% de naseristas, 20% de demócratas seculares, y un 15% de partidarios de la "actitud mental abierta" que tanto agrada a Blair y tanto mal le ha traido a los egipcios.

El 15% restante, quizás, recaerá en dirigentes de predicamento local.

Interesante composición potencial, por cierto. Un arcoiris democrático envidiable, que no debería asustar a Israel, el país que se considera la "única democracia del Medio Oriente", puesto que en cierto modo no se diferenciaría mucho del que presenta su Knéset, solo que en versión musulmana y no en versión judía. Pero sí lo atemoriza, porque buena parte de la dirigencia israelí comparte la visión de Tony Blair, según la cual la democracia propia vale más que la ajena si la ajena nos obliga a resignar algunos objetivos que consideramos estratégicos.

Y en el espacio, la revolución egipcia se extenderá inexorablemente hacia el Magreb, el Occidente árabe (y especialmente a Marruecos y a Argelia), así como al Mashrak, el Oriente árabe (y especialmente a Palestina, Jordania y Yemen).

Gobiernos "del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" en esos países pueden configurar una nueva mayoría de Estados árabes que, empezando naturalmente por el cuestionamiento a las políticas del Estado de Israel hacia los árabes palestinos, terminen cuestionando el conjunto de las consecuencias de la irrupción colonialista en Medio Oriente (que está a punto de cumplir un siglo), las del tratado secreto Sykes-Picot en que Inglaterra y Francia pretendieron determinar para siempre el destino de los pueblos árabes, e incluso las del hecho que irónicamente alguien describió como el error de Dios, que puso bajo arenas árabes el petróleo que Occidente considera suyo.

Fuente: TELAM



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