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Los días del presi-faraón Hosni Mubarak parecen estar contados

PI02/02/11 El presidente cuasi vitalicio Hosni Mubarak puede caer en pocos días o más adelante. En todo caso no le queda mucho oxígeno político luego de una gran rebelión popular.

Mubarak era el vicepresidente de Anwar el Sadat, asesinado en 1981. Desde entonces está gobernando Egipto, a lo largo de 30 años y mediante cinco elecciones que no se caracterizaron precisamente por su limpieza y transparencia. Es un presidente faraón, del siglo XX y XXI.

En septiembre próximo serán las sextas elecciones consecutivas que su régimen ganaría con comodidad. La duda era si Mubarak, de 82 años, se presentaría otra vez o si colocaba allí a su hijo Gamal, de 49 años.

Pero esa perspectiva aburrida no tiene ahora visos de realidad. El país es otro desde el 24 de enero, cuando El Cairo, Alejandría, Suez y otras ciudades se llenaron de manifestantes que reclamaban "Mubarak andate". "Out". Fuera. Los carteles improvisados de los movilizados no dejaban lugar a dudas de lo que querían: que el gobernante se fuera a cualquier país, pero no siguiera en Egipto.

Si es por irse, Mubarak tiene muchísimos lugares para fijar su residencia, comenzando por Estados Unidos con el que cultivó una estrecha relación política, económica y militar. Y siguiendo por Europa, que lo apoyó por décadas con una consecuencia digna de mejor causa. Esto sin olvidar a varias dinastías del Golfo y el resto de Medio Oriente, siempre dependientes de Washington y de uno de sus mejores vasallos, como fue hasta hoy el régimen egipcio.

Si las autoridades israelitas tuvieran un poco de decencia, también podrían darle visa al anciano en aprietos, toda vez que éste fue su aliado férreo en contra de los palestinos e Irán, y últimamente los ayudaba tanto en cercar Gaza. Estos palestinos debían soportar un doble bloqueo que no deja pasar ni alimentos o medicinas en los momentos álgidos. Que Tel Aviv haga eso no puede llamar la atención. Que lo haga El Cairo, apenas.

Ayer hubo un paro general en Egipto y hoy una marcha a la que se supone asistirán decenas de miles de personas o quizás más. Los más entusiastas creen que pueden sumarse un millón de personas y que si no lo logran en esta jornada será en la próxima. Es que esos opositores están organizando una huelga general por tiempo indefinido para lograr el objetivo más elevado de echar a Mubarak del mismo modo como la población de Túnez expulsó a Zine El Abidine Ben Alí el 14 de enero pasado.

Las otras reivindicaciones, más inmediatas, son el fin de la ley de emergencia y el toque de queda impuestos por el gobierno agonizante, la libertad de los más de mil presos que la policía aprehendió durante las marchas de protesta y el castigo a los responsables de una represión que provocó 125 muertos.

Pero las cosas han sucedido de modo tan veloz que al tope de los reclamos está la salida de Mubarak y todos sus ministros.

Tres salidas.
Aunque aún es pronto para precisar la posible salida política, se pueden estimar "grosso modo" tres hipótesis. Una, que Mubarak se retire y pacte un gobierno de transición bajo su hegemonía, con una parte de la oposición. El general Omar Suleimán, jefe de los servicios de inteligencia del Ejército y nominado la semana pasada como vicepresidente del gobierno, más el primer ministro Ahmed Shafiq, conducirían esa negociación. Son las personas de confianza del actual mandatario, que los puso en funciones con la esperanza de que tales novedades fueran vistas como parte de un cambio que no era tal. Esos funcionarios podrían armar una administración de recambio que no mude de esencia. Washington vería con muy buenos ojos una salida de este tipo, que corte cuanto antes la insurgencia civil y mantenga al país norafricano como un aliado seguro.

Otra alternativa es que se profundice la rebelión de las calles en varios sentidos. Por ejemplo, que se junte ese millón de egipcios y entonces sea imposible toda negociación favorable al antiguo presidente. Y que además de las banderas políticas de la democracia, que hasta ahora lucen como las más importantes, se añadan los cuestionamientos a la nula distribución de la riqueza y el alto desempleo. Egipto tiene entre el 40 y el 50 por ciento de población viviendo en la pobreza, a pesar de sus riquezas y su potencial reconocidos. Si la llama de la rebeldía se mantiene y se hace más flamígera, entonces se abren más posibilidades para que la oposición política derribe a Mubarak y organice un gobierno propio, que llamaría de unidad nacional. Allí podrían estar desde los islámicos "Hermanos Musulmanes" hasta los prooccidentales representados por Mohamed el Baradei, que volvió desde Austria donde residía luego de cesar como director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Ese variopinto se denomina Asamblea Nacional para el Cambio.

Finalmente, una tercera hipótesis, con menos chances, es que al calor de todo lo que viene sucediendo en Egipto, pero también en Túnez, Argelia y Yemen, entre otros países de la región, comience una revolución popular árabe. Algo así como lo que pasó en 1979 en un país persa, Irán, donde fue depuesto el pronorteamericano Sha Reza Pavhlevi.
De las tres perspectivas, en este momento parece que la planteada en segundo término está asistida por las mayores posibilidades. Es que las multitudes han sellado con sus protestas en Tahrir, la plaza principal de El Cairo, el réquiem del régimen. Esto puede demorarse, como un alumbramiento, pero no demasiado. A corto plazo, o a lo sumo en un poco más de tiempo, el casi faraón tendrá que resignarse a que lo coloquen en el sarcófago.

Y si eso sucede pronto, vista la poca consistencia y desarrollo de las organizaciones populares, la oposición moderada y apoyada por EE.UU. y Europa, podría alzarse con el poder.

La hipocresía.

El pueblo del nordeste africano está derramando su sangre para sacudirse a esa especie de dictador semi-elegido por una parte de la población.
En cambio Barack Obama y Hillary Clinton no han derramado ni la transpiración de una pestaña en esos sucesos. Washington apoyó a Mubarak en estas tres décadas, para secundar mejor a Israel en medio de conflictos con los palestinos, Siria, Irak, Irán y El Líbano.
La hipocresía estadounidense es total pues ese respaldo a las autoridades de Egipto fue muy fuerte hasta hoy en lo político, militar y económico, con una "ayuda" de 1.500 millones de dólares anuales.

Esa transferencia ubicaba a El Cairo como la segunda en la tabla de apoyo norteamericano en el mundo, detrás de Tel Aviv y antes de Seúl y Bogotá.
Mubarak servía para todo, por caso para apoyar los seudo planteamientos de negociación con sus vecinos palestinos por parte de primeros ministros israelitas como Ehud Barak, Shimon Peres, Ariel Sharon, Ehud Olmert y Benjamin Netanyahu y otros anteriores.
El jefe de Estado israelita dio ayer su apoyo explícito al colega en desgracia: "siempre hemos tenido y tenemos gran respeto por el presidente Mubarak. No decimos que todo lo que haga sea correcto, pero hizo una cosa por la que le estamos agradecido: mantener la paz en Oriente Próximo".

En este aspecto Shimon Peres fue más consecuente que Obama, que a medida que Mubarak se iba enterrando, hizo declaraciones con ciertas críticas a la represión y supuestamente a favor de más democracia en El Cairo. Sin embargo es sabido que desde 2001 EE.UU. y la CIA enviaron a cárceles secretas de Egipto a prisioneros tomados en Irak y Afganistán, para que fueran torturados sin límites legales ni de tiempo.
En eso el presi-faraón ofició como el fiel amigo de siempre. Y el imperio empieza a pagarle como el Diablo, soltándole la mano en cámara lenta. Europa, a la zaga de los yanquis, también toma distancia ahora con quien es visto mundialmente como un símbolo de corrupción y represión. Hasta el 24 de enero pasado Angela Merkel, Nicolas Sarkozy, José Luis Rodríguez Zapatero y Silvio Berlusconi, más numerosas multinacionales con casas matrices en el Unión Europea y EE.UU., no tenían inconvenientes en invitar al líder de Egipto y colmarlo de inversiones.

Los países árabes más conservadores, como Jordania y países del Golfo, lo mismo que la Autoridad Nacional Palestina e Israel, formularon votos por la continuidad de Mubarak. Siria e Irán, en cambio, expresaron simpatías por el levantamiento popular, igual que Hamas en el gobierno de Gaza.

No todo lo que reluce es oro en Medio Oriente. Debería tenerlo en cuenta la presidenta Cristina Fernández, que tanta propaganda hizo de su visita y acuerdos con los jeques de Kuwait y Qatar. Estos son iguales o peores que Mubarak: son aún más proestadounidenses y no ganaron ninguna elección, con o sin fraude.

Fuente: La Arena

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